Me siento muy, muy triste. Llevo un par de días dándole vueltas a la cabeza y con muy mal cuerpo, como suele decirse.
Es
terrible la pérdida de una persona joven pero es más terrible aún
cuando alguien encuentra la muerte del modo en que lo ha hecho el músico
Javier Fernández, Hal 9000, batería de Los Piratas, bajo la influencia
de su mente perturbada y abatido en el domicilio familiar por un disparo
de la Guardia Civil.
No es que yo conociera personalmente
a Javier, pero las circunstancias en que ha sucedido esta tragedia
desgraciadamente me son muy familiares. He vivido a lo largo de los años
situaciones muy parecidas al tener yo mismo diagnosticado un trastorno
bipolar desde joven y puedo hablar con conocimiento de causa:
No confundan lo ocurrido con un caso de violencia de género, por favor.
Esto
no tiene nada que ver con eso y ahí están las palabras de la esposa
desmintiéndolo. Esto ha sido un episodio de manía (descompensación
maníaca) que ha acabado de la peor forma posible: una muerte.
Desgraciadamente estos episodios son demasiado comunes para los que
sufrimos trastorno bipolar (TB) y para las familias de los enfermos. El
TB (antes psicosis maniacodepresiva) es una enfermedad del estado de
ánimo con dos polos o fases opuestas: la depresión, y la manía, que es
justo lo contrario.
Durante un episodio de manía, dejando
fuera consideraciones individuales y la propia personalidad del
individuo, entre sus muchos síntomas (echen un vistazo al DSM-IV [
http://www.psicocode.com/resumenes/DSMIV.pdf],
pag. 67 (depresión mayor), pág. 74 (episodio maníaco) y posteriores, si
tienen interés en el tema) se experimentan una ficticia euforia, gran
expansividad, gastos desaforados, hiperactividad, realización de actos
temerarios, ideación delirante, paranoia, alucinaciones visuales y/o
auditivas, etc.
Se atraviesan varias etapas: al inicio de la fase se alcanza la denominada
hipomanía,
en la que eres, crees ser, un tipo ingenioso y creativo, con un sentido
del humor inteligente, de verborrea fácil y ánimo hiperactivo. Los
episodios de muchos bipolares se quedan en la hipomanía, por fortuna no
progresan; para otros muchos sí progresan y entonces el ingenio y la
hiperactividad se agudizan aún más, ya no hace falta dormir, la
abstracción y la asociación de ideas te resultan sencillas, mil ideas se
agolpan en tu mente pugnando por salir al exterior, aunque estés tirado
en un basurero el mundo parece un paraíso y la falsa felicidad es
total.
Dura poco este nirvana porque enseguida viene el
desastre: si no se coge a tiempo, en estados avanzados de la manía, el
episodio psicótico es muy parecido al de la esquizofrenia y pueden
aparecer síntomas comunes como la megalomanía, la fuga de ideas, la
paranoia, las alucinaciones…, en resumen, una pérdida total de la
realidad y por supuesto de la razón. La irritabilidad y la agresividad
pueden fácilmente aparecer en este momento. En este punto, es
relativamente común que el enfermo ponga en peligro su vida –y a veces
también las de los demás-, pues los sinsentidos y las acciones
temerarias suelen prodigarse y la imaginación y las visiones de un
enfermo que tiene alterado el sentido de la realidad –y por ello no es
responsable ni culpable ante la ley- pueden ser de mil formas diferentes
y conducir a terrenos inimaginables para una persona “cuerda”. Incluso
lo son para el propio enfermo cuando sana. Y a veces pueden llevar a
peligrosos callejones sin salida.
Javier llevaba 10 años
luchando con la enfermedad, tenía antecedentes clínicos y su familia
estaba al tanto. Cuando se llama al 061 por una urgencia referente a un
enfermo mental, una pareja de la Policía Nacional, por ley, debe
acompañar al equipo sanitario desplazado en ambulancia. Es decir, que
llamar al 061 en un caso de enfermedad mental es como llamar al 091 y
viceversa, si se llama a la Policía por este motivo debe presentarse con
un equipo sanitario. Tal vez el nerviosismo y la tensión de la
situación hicieron que los familiares llamaran a la Guardia Civil, y el
asunto se convirtiera para alguien en un caso de violencia de género
siendo un caso claro para una Unidad de Salud Mental.
Hay
que vivir estas situaciones para saber que no es tan fácil para la
familia, ni para nadie que esté presente, permanecer calmados y hacer lo
correcto. La situación puede empeorar en cuestión de segundos y más de
un enfermo, al verse acorralado, se ha arrojado por el balcón. Incluso
se puede exagerar lo ocurrido para que la Policía, o quien sea, acuda
prontamente al lugar y evitar males mayores. Esto se comprende y es
disculpable, pero es un enfermo no un delincuente, no lo olvidemos.
En
este caso, la verdadera locura de todo esto es que el afectado muera de
un disparo que le atravesó el vientre. Dice la Benemérita que
“amenazaba blandiendo un cuchillo de cocina…” El sanitario que entró en
el domicilio acompañando a la pareja de guardias civiles ha corroborado
esta versión oficial. ¿Y qué? Eso no quiere decir nada. ¿Quién sabe si
después de la amenaza no se corta allí mismo las venas? No sería la
primera vez que sucede esto, de casos así están llenos los
psiquiátricos, pues el enfermo no tiene en ese momento discernimiento,
su mente vuela a mil años luz, y lo mismo que lanza una amenaza, al
segundo después puede cortarse el cuello o arrojarse por la ventana
.
El sanitario debía saber esto.
Y
también que hay muchas maneras de reducir a un enfermo que se
manifiesta agresivo. Quienes mejor lo saben son los trabajadores y los
celadores de los psiquiátricos, pero ninguna acción justifica un disparo
para matarlo como a un perro (dejando además una familia destrozada) o,
en otros casos, darle una paliza brutal para reducirle. Las fuerzas de
seguridad se lavan las manos con estos casos y les echan tierra encima:
investigación rutinaria por normativa, un poco de corporativismo y
punto. No hay mayor pérdida que la de un ser humano y la vida que
siempre corre más peligro en estos episodios es la propia del enfermo.
Lo
siento muchísimo por Javier y por la familia. Yo mismo he estado cerca
de terminar como él y es algo que causa un profundo miedo.
Miedo a ser dos,
como el título del libro del Prof. Rafael Narbona, también bipolar, y
un libro que recomiendo. Miedo hacia uno mismo, miedo a hacer daño a
alguien querido o miedo a dañar a cualquier ciudadano de a pie, y
también el temor a encontrarse durante uno de estos episodios con una
muerte trágica, ya sea por alguien ligero de gatillo o por un tipo
diestro con la navaja. Nadie debería acabar sus días así y ojalá el caso
de Javier sirva para concienciar a las fuerzas del orden respecto a la
enfermedad mental, en general, pero me temo que no será así y que su
muerte, como otras muchas, será en vano.
Si yo estuviera
en el lugar de la familia, pediría responsabilidades. Denunciaría tanto
al guardia civil que disparó como al psiquiatra que retiró la medicación
a Javier. Lo denunciaría al juzgado y al colegio de médicos, por
negligencia. No es la primera vez ni será la última que las fuerzas de
seguridad matan a un enfermo mental –o a un indigente-, ni que un
psiquiatra se equivoque fatalmente.
Cualquier psiquiatra, y
también el paciente, sabe que nunca, repito, NUNCA, se debe retirar
dicha medicación. La recaída es segura y hay riesgo alto de que ocurran
tragedias como esta. La familia así se lo expresó por dos veces al
susodicho psiquiatra. El TB es una enfermedad crónica muy peligrosa para
el enfermo, y necesita de un control y de una supervisión continuos,
además de apoyo familiar, del entorno cercano, terapia, etc.
¿Por qué hay tantos músicos bipolares?
En
la literatura, en la música, en el arte… conocemos muchos casos de
maniacodepresivos (bipolares), los hay por docenas. Esto no quiere decir
que todos los bipolares sean artistas ni al contrario, obviamente. Pero
está demostrado que estos estados mixtos, manía–depresión, representan
un lazo muy importante entre el TB, el temperamento artístico, el poder
creador y los ritmos y el temperamento de la naturaleza.
Desgraciadamente, también están muy relacionados con los aspectos
destructivos y mortales de la enfermedad maniacodepresiva: el
alcoholismo, la drogadicción y el suicidio. Han sido muchos los que han
sufrido la enfermedad y además la han combinado con alcohol y drogas.
Comorbilidad lo llaman los psiquiatras.
También hay muchos
casos de pacientes que abandonaron la medicación y en poco tiempo
perdieron la vida de forma trágica. Algunos, envueltos en una depresión
sin salida, cometieron suicidio; otros, acabaron con su vida en medio de
un episodio de manía o encontraron la muerte como resultado de
accidentes, reyertas, actos temerarios, sobredosis o como resultado de
una brutal paliza. Me refiero en este último caso al gran
Jaco Pastorius,
un ejemplo conocido, que abandonó la medicación pues embotaba sus
sentidos y le impedía crear y manifestar su gran talento. Y créanme que
así es. Pero es sólo uno de los múltiples efectos de los
anti-psicóticos. Ninguno bueno.
Decía que lo largo de la
Historia muchos célebres lo han sufrido. Sería largo, pero me vienen
rápidamente a la cabeza un par de casos no muy lejanos, también músicos
jóvenes y conocidos: el cuerpo de
Jeff Buckley fue encontrado entre las aguas de los muelles de Nueva Orleans; el joven y prometedor músico de blues
Sean Costello murió por una sobredosis accidental aunque se habló de suicidio… los casos de
Virginia Woolf ahogada,
Sylvia Plath asfixiada por gas,
Anne Sexton después de varios intentos se encerró en el garaje y se intoxicó con el escape de su auto;
Robert Lowell,
Van Gogh,
Byron…
y tantos otros conocidos escritores, poetas, músicos, pintores, o
artistas desconocidos. O no artistas, por supuesto, estos son la
mayoría. En definitiva, personas que a pesar de su lucha no han podido
sobreponerse y han tenido la desgracia de ser vencidos por la
enfermedad, una enfermedad que nunca descansa y que sus dos polos,
juntos o por separado, pueden dar la cara en cualquier momento causando
un dolor de gran magnitud.
La manía es menos conocida, pero respecto a la depresión todos conocemos sus efectos. Ya lo escribió
Poe: “Es como vivir en una tiniebla eterna, entre el calor y el frío.”
Uno puede vagar así durante años. Lo sé por experiencia.