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domingo, 19 de marzo de 2017

a CHUCK BERRY


Gancho directo al mentón.
Despertarse y derrumbarse.
Enseguida puñetazo sobre la mesa.
Incorporarse y contemplar durante un rato
la carpeta enmarcada de “Chuck Berry in Memphis”
que cuelga más sola que nunca en la pared del pasillo.
Ir al estante y sacar los vinilos,
las cassettes, los CDs, los libros, todo.
Aquel  poster que adornó tu habitación
entre los Beatles y los Rolling Stones
no lo busques, hace tiempo que pasó a la historia.

Sabías que el rock’n’roll había entrado en tu vida
cuando escuchaste “Johnny B. Goode” por primera vez.
Entonces, esos riffs te acompañaban
hasta que rompía el amanecer
hasta que la marea bajaba y subía otra vez.
Y bajaba y subía…

Después crecimos y conocimos otras músicas
pero teníamos esos riffs dentro del cuerpo
marcando el ritmo de nuestros pasos
ritmeando y bluseando por la carretera toda una vida.
Los llevaremos dentro por siempre
por toda la eternidad los tres acordes
un gen nuevo surgido en nuestro ADN
fusionado al compás
con el polvo de alguna estrella.

Poco más puedo decir, Chuck.
Un fugaz pensamiento para Keith Richards cruza el salón.
Una sensación de escalofrío
cuando suena “Roll Over Beethoven”.
Miro la taza de café humeante…
Estoy sentado, noqueado, sobre el sofá
mirando por la ventana el nuevo día
escuchando tus singles para Chess uno tras otro:
“The music won’t never die…”

Rock and Roll can never die.

 
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DEP Chuck Berry, padre del rock and roll.
La llama que encendiste no se apagará nunca.
Eso es algo grande, no está al alcance de cualquiera.

 







domingo, 11 de septiembre de 2016

EL ÁNGEL (Marcados con Fuego; 2011, 11 septiembre) Capítulo Cinco


Portada e-book (2011)

Hoy, 11 de septiembre de 2016, se cumplen 5 años, todo un lustro, de la publicación de EL ÁNGEL en formato e-book. Posteriormente, se publicaría en papel, el 21 de marzo, haciéndolo coincidir con el equinoccio de primavera.

Por esta razón, y por estar ya descatalogado, comparto por aquí el Capítulo 5, que describe el momento en que el Ángel despliega sus alas sobre la Humanidad.



CINCO






Preparad los epitafios
y poned la otra mejilla


Al amanecer del tercer día el Ángel extendió sus alas.
Comienza a caminar por la ciudad vacía,
las mojadas calles de faroles mortecinos,
las silenciosas avenidas
donde todo no será sino ceniza.

Ya está saliendo el sol.
Se despierta la ciudad,
los pájaros, la gente… el día echa a rodar.
Corren los coches por las carreteras de vuelta al trabajo
y mientras va Él mirando de soslayo
alguna vieja muralla derribada hace siglos. 


Su negro abrigo le protege de la nieve de la mañana.
La mano izquierda ondeando libremente,
la derecha portando el arma en su negra funda,
el arma que Apolo envidió de Orfeo,
el arma que en otro tiempo
fue para disfrute de príncipes y reyes
pero que también mata fascistas.
En esta ciudad donde ahora,
un ángel de uñas afiladas
como púas nacaradas,
esta sentado en un banco de la plaza,
viendo a la gente con prisa
perderse en la distancia
con destino a extrañas metas
por infelicidad o por ignorancia.

Y el Ángel no sabe fingir
pero sabe poner cara de niño.
De niño que juega a los indios.
Oscura la noche
pero limpia su mirada.
El modo en que habla y camina
es tal y como debe ser.
Es un verdadero ángel
que cobija bajo sus alas.
No necesita la luz del sol
para vencer al crisol,
a las dos caras del crisol.

Dejará propina al banquero,
y con el alba dará
su tanto por ciento al lucero,
pero con gasolina apagará los fuegos
que prenderá su balada.
Y puede que le encierren
en una celda por una temporada.
A los fuera de la ley,
a los perseguidos proscritos,
mostrará limpiamente sus cartas,
barajando a vista de todos
los bastos, las copas, los oros y las espadas.
Mas luego pedirá algunas cuentas,
pedirá cuentas cuando salga,
y al taimado banquero obligará
a que reparta las ganancias,
y al policía a que muestre su placa.
Al juez, a que incline la balanza.


La Torre de La Vela, Alhambra de Granada
[acuarela, Lewis Romero]


Sus cabellos son blancos como la nieve,
sus ojos como dos llamas de fuego,
su voz como voz de grandes aguas.
Mirando al ancho cielo,
en el centro de la plaza,
con un cuello de botella
hace sonar su guitarra,
estremeciendo su alma de acero,
acero oscuro, frío y cortante,
la melodía pausada y lenta
clamando al viento ululante
que silbe una canción de rabia,
un blues de ira y coraje
que va ascendiendo deprisa
como una suave brisa
en la pálida mañana,
a través de las cuestas del Sacromonte,
atravesando rendijas y ventanas
batiendo las puertas,
los portales y las verjas,
los más recónditos rincones.
Aire fresco que diluya
el humo negro de las fábricas.

Cegando las chimeneas
las calderas quedan reventadas.”
canta el Ángel para sus adentros.

* * *

Torres Bermejas, Alhambra de Granada
[carboncillo, Lewis Romero]


Con la gélida balada
se produce el escalofrío,
saltan los esqueletos,
los diamantes se hacen añicos,
los puentes desaparecen,
las pasarelas se desploman.
Premiados que devuelven sus premios,
generales que venden el uniforme en el rastrillo,
las duquesas,
las rameras que visten al último grito,
mudas de vergüenza
putrefactas de vanidad,
a implacables golpes de látigo
van cayendo
y cayendo,
princesas y bufones de corte
ruedan hasta el infierno.
Los obispos  perecen,
el confesor del rey languidece,
cargos electos, ministros
y presidentes de gobierno
al oscuro camino van huyendo
para encontrarse con su destino.
Los falsos brujos corriendo,
las emperatrices gimiendo,
los reyes dimitiendo,
los panes se están cociendo
y los peces en el congelador.

Y los que manejan los hilos
de los titiriteros,
heridos de muerte caen,
y caen como moscas,
como escorpiones negros,
tarántulas linchadas en su propia red
cayendo como el péndulo,
van cayendo
y cayendo
al fondo oscuro,
al pozo negro del olvido,
cruzando para siempre
la frontera,
el muro opaco,
cruzan la oscura y negra linde
y no vuelven jamás
del otro lado del espejo.
 
La cuerda se escurre
si tienes las manos húmedas”,
canta el Ángel para sus adentros.

Portada libro en papel (82 págs.)