Y además te ríes de mi trabajo. Gacetillero muerto
de hambre y gavilán nocturno me llamas. Vaya,
habló un tío trabajador… todavía recordamos los amigos cuando nos anunciaste,
cuando te pusiste tan serio para decirnos solemnemente que ibas a ausentarte
dos semanas de nuestras tertulias porque tenías que trabajar, mañana y tarde,
ocho horas completas en tu Departamento de la Universidad de Sevilla. Fue duro
¿verdad? Eso tuvo que ser muy duro para ti. No creo que tengas ni remota idea
del tiempo que dedica un periodista musical –o cualquier otro afortunado
trabajador que ame lo que hace– a su trabajo y a su pasión, amigo.
Al asunto que nos trae:
¡No puedes desaprovechar esta oportunidad que te ha regalado el destino! Rápidamente,
después de cenar, la invitas a navegar al día siguiente por el azul océano, el Océano
del Estrecho de Gibraltar, la oscura frontera de antaño que atravesaron con sus
naves, velas henchidas al viento de Poniente, los intrépidos y misteriosos túrdulos.
Ella está encantada, aunque, juiciosa mujer
marinera, te pregunta si has llevado alguna vez en tu vida un barco de 52 pies.
Ahí la coges por banda, le torturas sus lindos oídos y le cortas a la inocente víctima
toda la cena anterior, narrándole tus “aventuras” por el estrecho. El “rey” del
estrecho te llaman. Eso cuentas a tus amigos más imberbes e inocentes. Chico,
para tener sólo el P.E.R. y no haber salido del Mare Nostrum te das muchos
humos, tantos que igual un día el viejo Bóreas divisa a lo lejos tus señales de humo. Reza todo lo que sepas,
entonces.
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El rapto de Orinia (Giovanni Batista) |
Bien, por la mañana luce un día despejado y el meteo anuncia una
previsión de viento componente N fuerza 6, escala Beaufort. Pongamos el viento
constante de intensidad 25 nudos, para redondear ¿vale?, fresco, y no
complicarnos demasiado en cálculos que ahora no vienen al caso. El resultado
viene a ser el mismo.
Echas una mirada inquisitiva al cielo, buena pose
ante la chica, amigo, pero esa mirada debería ser abrazada por la experiencia
de muchas horas de navegación en solitario, exactamente las mismas de las que tú
careces. Echas otra mirada a tu enamorada, y te dices que no quieres dejar
escapar la ocasión, y quieres impresionarla. Quieres fornicártela otra vez, qué
cojones. Al fin y al cabo sólo han pasado siete cortos años.
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| Dogo y Los Mercenarios - 1988 - Siete Cortos Años [SG Promo] |
Da igual que seas el único en salir del puerto esa
mañana. Da igual que el radiotelegrafista y hasta el guarda del puerto te den
un aviso para navegantes. Le dices a la rubia que suelte cabos – eso no se
olvida nunca, piensa ella - y le
prometes un día de navegación que no olvidará jamás. Seguramente será así,
amigo. Dicharachero, le preguntas si conoce Marruecos y si ha contemplado
alguna vez el cabo Espartel desde el océano – justo lo que yo hice
contigo hace veinte años ¿recuerdas? Ella responde que no, y moviendo la cabeza
sin decir palabra, inmersa en sus pensamientos, te dedica una mirada azul zafiro
que te mata, sus ojos azules como el océano te desnudan.
A las
10:00 a.m. el viento es fuerza 3. Arrancas el motor, quitas las defensas,
golpeas tres veces la campana, y sales sin prisa por la bocana del puerto
escuchando Sherezade. Así lo haría yo
de ser tan inconsciente como tú, al menos, dado el temporal que se puede
avecinar y mirando alrededor para darme cuenta de que soy el único barco en
zarpar esa mañana. ¿Tan imbécil y tan osado eres, amigo? “A veces, sí”, me
dijiste no hace mucho cuando te recordé aquella vez que nos caímos en moto, en
tu moto. De paquete no monto más contigo ni aunque me vaya la vida en ello y precisamente
por eso.
Dejáis atrás la marina. Apagas el motor, aproas tranquilamente
el velero, cargas génova y mayor y pones rumbo GPS a aquel amarre de marineros
que yo te mostré, situado justo bajo el cabo Espartel, al suroeste del faro. Recordarás
el amable marroquí con pinta de beduino del desierto, turbante azul incluído,
que allí mismo nos apartó y alquiló los camellos o dromedarios. Bueno… allá vais
navegando felices con el viento, el aire en movimiento, y el hombre invisible a
vuestra espalda.
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| Faro de Cabo Espartel (Tánger) |
De repente te pareció ver algo a popa del barco, a
una media milla marina. Todo iba bien hasta ese momento, pero, canalla destino
el tuyo, amigo, no digas que no te avisé:
La electrónica del barco falla y
todo, absolutamente todo, se ha ido al carajo: adiós GPS, adiós sonda, radar, sonar, etc.,... Ocurre,
ocurre, ocurre a veces. Basta un pequeño cortocircuito. Y la radio sigue sin
funcionar - como ya te sucedió el año pasado, cuando quisiste que navegásemos
juntos como en los viejos tiempos. Hubiera sido bonito si no fuera porque
tu intención era refregarme por los ojos tu yate nuevo, a mí, que con el Hobie
Cat tengo de sobra para en solitario hacerlo volcar y luego adrizarlo todas las
veces que me dé la gana. Por eso me compré el saco de agua de 30 kg y la boya para
la punta del mástil mientras tú te descojonabas en mi cara preguntándome para qué servían en plena tienda, con la media sonrisa del vendedor incluída. Seguro que ni te fijaste como sonreímos ambos ante tu desparpajo marinero.
Y te lo
advertí: si dejas tu barco en barbecho todo el invierno hazle una revisión el
primer día que lo cojas en vacaciones, hombre, que luego pasan las llamadas desgracias.
La mar es mala mujer, sí, pero el hombre como tú es mal, mal, malísimo
marinero. Y no merece vivir si con su soberbia arrastra a otros al naufragio
seguro. Conocerás la historia sobre mi padre y su naufragio que se cuenta aún en
las pescaderías de la zona de Huelva y sus playas. Sí, su naufragio también fue
en el Estrecho.
Aquel día del año pasado que navegamos juntos, te
salvé por segunda vez la vida. Pero eso ya lo discutimos ayer después del
fiasco de la conferencia y casi me acabas pegando una hostia. Da gracias a Ramírez
y a Javi y a sus motos, que me contuvieron porque te habría hecho una cara
nueva allí mismo, imbécil.
Sin
electrónica a bordo, es precisamente cuando el viento comienza a arreciar. Y
arrecia fuerte, como decía la previsión del meteo. Deberías saberlo ya que casi
siempre ocurre así y no es la ley de Murphy, es la ley del mar. La que conocen
los buenos patrones y marineros... y donde manda patrón…
Y aquí, amigo mío, empiezan los problemas, pero los problemas de verdad, colega:

La angustia en la garganta, las preguntas vitales y las dudas y la ausencia de
respuestas; cuando las dudas surgen las respuestas se evaporan sin más, ¿no lo sabías?
Los temblores de piernas y el sudor frío; el corazón batiendo
desesperado, las pulsaciones que te golpean las sienes a cada latido, y cada
latido más rápido que el anterior, y ves el viento que arrecia aún más, la
espuma salpicando las velas que se rasgan en jirones haciendo un ruido de telar
destrozado, el mástil estremeciéndote con su rugido de animal herido; el
escalofrío..., ese escalofrío de pies a cabeza que te paraliza, te sonroja la cara
de soberbio hijo de puta; la boca seca, sin saliva que tragar y la sangre que no
te llega a las yemas de los dedos; la frente que es toda tu redonda cabeza calva está
pálida como la cara de los condenados por la Dama oscura, la muerte cabalgando sobre olas
inmensas para tu barquito, para tu frágil cascarón de nuez.
Y te muerdes las uñas y después te muerdes los dedos; se relajan tus esfínteres, te meas en los pantalones de
pinzas y tus azules zapatos náuticos se manchan de mierda líquida y
sanguinolenta.

La vidriosa mirada perdida en el oscuro horizonte; la
proa que se clava en cada pantocazo, que crees no va a salir nunca del
proceloso océano; los candeleros desprendidos como si fueran alfileres que sujetan los reventados costados del buque; las olas saltando sobre la cubierta de teka, el barco
que cruje, que se rompe en mil pedazos por la línea de crujía; la línea de vida que podría haber ayudado a salvarte quedó olvidada y mal arrumbada en tu trastero del puerto.
Y tus
sollozos plañideros de doncella virgen en el océano que no sirven para nada
en este momento en el que estás ahora, temblando de miedo ante los ojos del viejo alado encanecido.
Cuestiones
a resolver en este crucial momento:
1º) ¿Cómo te despides de tu enamorada que ha puesto su preciosa vida en tus manos,
no lo olvides, esa fúnebre mañana?
2º) Una pregunta náutica: ¿a qué hora hubierais llegado a cabo Espartel
con ese viento teórico? Esto es sólo una pregunta teórica. No consideres las
corrientes. Da igual. Ni tampoco consideres el abatimiento del barco. Sólo el
tuyo, amigo.
NOTA: Como es un problemita muy fácil, me envías al periódico sólo el
resultado, por favor. Basta el resultado lógico, amigo. Con una nota, una nota necrológica,
me basta.
¿Lo tienes todo ya? ¿Sí?
No tardes un millón de años en responder ¿eh?
Suerte.
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Epílogo (o postdata):
Podrías
haberle regalado un ramo de rosas y pedir perdón por el daño que causaste
en el pasado, y no os hubiera pasado nada, hombre. Además, así quedas como un
caballero por una vez, insensato, que no se mete uno a la mar con esas dudas en
el horizonte. Bastante tenemos con nuestro propio mar interior lleno, repleto, de
dudas.
Un abrazo para ti y un beso que te envían tu viuda y los niños.
Estaré pendiente de ellos. Los inocentes no tienen culpa de nada.
Y no te preocupes hombre, que ya has pasado a la historia.
Buena suerte en tu travesía, amigo, compañero del alma, compañero.
Por cierto… por si allá abajo te lo preguntas…
Ella se salvó, y sigue tan guapa como siempre.
Se casó con un cantante y son la mar de felices.
Pasan los domingos navegando por el Estrecho
y dando de comer sushi a las ballenas.
Tu amigo L.
© Luis Romero, 2011
Relato inédito, (sobre unas notas y un relato inacabado de 2001-2002)