Crónica 9º Ciclo de
Blues El Cerro del Andévalo
Fecha: 17-10-2015
Lugar: Ermita de La Trinidad, El Cerro del Andévalo (Huelva)
Salí de Sevilla temprano, a eso de las 2 de la tarde
un sábado lluvioso y fresco. Miré al cielo y no vi a los dioses, solamente oteé
en el horizonte una tormenta eléctrica sobre la campiña y truenos y rayos, eso
sí, sonando francamente celestiales. Era un buen augurio.
Paré a
comer en La Palma del Condado, lugar de buenos vinos que tuve el gusto de
degustar en el pasado pero que esta vez no caté ni gota… Hice bien porque la
lluvia hizo la carretera de la sierra peligrosa. A la salida de La Palma otra
buena señal: volví a parar, esta vez, créanme, en un blanco campo de algodón,
campo que nadie había recogido y que me recordó inevitablemente al Blues de
Mississippi y más allá.
Me encontré a un hombre bueno en el camino que paseaba con una vara
por el arcén de la carretera. Me dijo que el algodonal había sido plantado para
recoger las ayudas europeas, pero ni ese campo ni la finca de girasoles en la lejanía
fueron cosechados por los aparceros del pueblo. No era rentable hacer la
cosecha. La mitad de hasta donde alcanzaba mi vista era terreno baldío. Así nos
va, cuando los latifundistas juegan a ser ladrones como los banqueros.
También
paré en el mirador de Calañas que tan buenos recuerdos me trae. Seguía
lloviendo, así que tiré un par de fotos rápidas a los arbustos olorosos y a las
jaras que cubrían las laderas: el olor a tomillo y romero mojado se podía sentir
en el aire húmedo y frío de la loma donde aparqué el coche.
Nada más llegar a El
Cerro del Andévalo, localidad onubense de unos dos mil lugareños y con un
encanto especial que solo se puede sentir visitándolo, mientras subía por las
calles empinadas buscando el Hostal/Casa Rural Camilo, mi guitarra y yo nos
encontramos de frente con el amigo Joaquín “Joaco” que bajaba ya instalado en
el hostal; él había llegado un poco antes que yo de su Puente Genil de origen:
- Lewis… ¡qué alegría! Finalmente has podido venir.
- Sí, Joaco, un viaje bonito, bro.
- ¿Cómo estás hermano?
- Ha pasado mucha agua bajo el puente, y
nunca mejor dicho…
Nos dimos un abrazo campechano y me dirigí a la Casa Rural mientras él y Jose
Morueta, “Moru” para los amigos, me esperaban en el único pub del pueblo.
Esperamos la llegada de Carlos Ferrer, productor musical y cabeza visible de MÚSICA
FUNDAMENTAL, el sello discográfico onubense que publicó hace recientes fechas,
entre otros de su catálogo, el disco UNDER THE BRIDGE, primer trabajo del
armonicista JOACO RODRÍGUEZ, y con JOSE MORUETA a la guitarra y a la voz. Un
excelente disco de blues sin pretensiones con importantes colaboraciones y que
nos llevará al escucharlo por terrenos acústicos y eléctricos. Un magnífico álbum con 12
temas que Joaco me envió cuando se publicó y que desde entonces llevo en el coche.
El
álbum es sobre todo un formidable ejemplo y ejercicio del maestro de la armónica que es Joaco,
maestro del que, desde que le conocí, siempre me ha impresionado el tono que le
saca a este pequeño instrumento, tono que es diferente en cada músico; cada
armonicista tiene el suyo, que hay que aprender a reconocer. Joaco, bebedor de
las fuentes clásicas, Little Walter, Big Walter Horton, Sonny Boy Williamson,
Billy Boy Arnold o George “Harmonica” Smith hasta los bluesmen blancos como
Paul Butterfield, Charlie Musselwhite, Rod Piazza o su admirado Kim Wilson, y desde luego
de los españoles Ñaco Goñi o Mingo Balaguer, por nombrar a algunos veteranos maestros de la tierra; Joaco,
decía, ha desarrollado, para mí, un tono propio con el que, cuando utiliza uno
de sus micrófonos de los años ’50, especiales para armónica, consigue asombrar
y emocionar al personal. Al menos conmigo, y con otros como yo, lo consigue, y
en la Ermita sucedió de nuevo, como más tarde relataré.
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Jose Morueta & Joaco Rodríguez |
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Volviendo
al disco, un tema como “Someday After A While (You'll Be Sorry)” del tejano
Freddie King, es uno de los puntos álgidos del álbum. Versiones de Robert
Johnson como “They're Red Hot” o “Walkin’ Blues”, este último con la guitarra y
la voz del argentino Pol Castillo, “My Home Is A Prison” un delicioso blues de
Slim Harpo o una estupenda versión de “Freight Train” de la gran intérprete
zurda de folk blues Elizabeth Cotten –otro de los grandes momentos del disco-
son temas que Joaco y Jose van desgranando en la primera mitad del álbum para
llegar a las colaboraciones de lujo:
además de la comentada de Pol Castillo, también aparecen el bluesman
vasco de la banda The Reverendos, Reverendo Igor al piano eléctrico y voz en una
versión de “How Long Blues” deudora de la versión que hiciera el pianista de
Muddy Waters Pinetop Perkins, a su vez inspirada en la original que registraran
el dúo Leroy Carr
y Scrapper Blackwell en 1928 y que fue uno de los
“best sellers” del Blues de preguerra. El amigo y guitarrista afincado en Valencia
Salvador Poquet, el gran guitarrista brasileño Igor Prado y el bluesman
portugués Pedro Tatanka van colaborando en unas canciones redondas y que, por
la distancia, y salvo las pistas de Joaco y Jose Morueta, se grabaron y
mezclaron por separado.
Nos dirigimos después
del café a la Ermita de La Trinidad, donde a partir de las nueve y media de la
noche se desarrolló el concierto. El lugar es mágico. Y no porque fuéramos
predicadores del Blues, que también, sino porque sus muros de piedra antigua,
el techo abovedado, los arcos de medio punto de estilo plateresco, creo, y el
sonido del Padre Nuestro que provenía de la iglesia anexa, donde el párroco
instaba a orar con celo a los feligreses de la misa de ocho, daban un tono de
recogimiento y de sagrado a la música de blues que se iba a interpretar a continuación.
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Ermita de La Trinidad |
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El campo de algodón del principio del viaje fue una buena señal,
sin duda. El concierto se condujo con una acústica más que excelente en la que
Joaco decidió, creo que acertadamente, tocar a pelo, es decir, sin amplificar
su armónica. La voz de Moru resonaba en las paredes y los ritmos de su guitarra
acústica llevó a los oyentes a los campos, nunca baldíos, del sur de Estados
Unidos. Sonaron en la ermita clásicos del blues como “Big Boss Man”, “They’re
Red Hot”, “Freight Train”…
Al
final de su actuación, Joaco y Jose Morueta invitaron a subir al que escribe
estas líneas y nos marcamos un “My Babe” de Little Walter tocado a ritmo
medio-lento que sacudió las telarañas de mi estómago -subí al escenario con
cierto ruido de tripas, un problemilla que no supuso impedimento alguno para
disfrutar de una magnífica velada con este 9º Ciclo de Blues del Cerro del
Andévalo.
Más tarde, Carlos y su hija marcharon de regreso a Huelva y nosotros tres, más
Esmeralda, fuimos a un restaurante cercano a degustar el pescaito frito de
Huelva (Moru y yo somos paísanos, nacidos en Onuba) a base de chocos fritos en su punto, adobo recien aliñao,
gambas rebozadas, ensaladilla rusa… Final perfecto para una jornada con mucho blues a flor de
piel que permanecerá bastante tiempo en nuestra memoria.
Al
otro día, domingo y camino de regreso a casa, detuve el coche en un corral
solar al lado de la carretera. En primer lugar, para fotografiar un nido de
cigüeñas abandonado hasta la primavera y donde ahora crían bulliciosos los
gorriones. En segundo, para mojarme las botas y chapotear un poco en un charco
de agua y barro, eso es irresistiblemente divertido. Y en tercero, porque mi
vida pasada como ingeniero solar sigue presente: he diseñado muchas
instalaciones solares y eólicas. Y eso, amigos, también resulta irresistiblemente
divertido. Y ecológico.
Quiero
dar especialmente gracias a Carlos Ferrer y a Música Fundamental por el trabajo
callado de producción musical que vienen realizando desde hace años y que ya
empieza a dar sus frutos. Desde aquí le envío un abrazo y mi sincera
admiración.
Como escribió Henry David Thoreau: “No importa lo pequeño que
parezca el comienzo: lo que se hace bien una vez, está hecho para siempre.”
Salud y Blues!